Rescates

Alrededor del cuerpo congelado había cinco sherpas. Usaron picos y comenzaron a golpear alrededor del cadáver para intentar desprenderlo de su gélida tumba. Removieron pedazos de nieve encima del cuerpo y los pedazos desprendidos cayeron por la montaña. Cuando, por fin, pudieron liberar una pierna y levantarla, todo el cuerpo, inerte y contorsionado, se movió –hasta los dedos–.

El sol brillaba con fuerza, pero el aire era peligrosamente frío y con poco oxígeno a más de 8300 metros de altitud. Una columna de humo nevado no dejaba ver más allá de la cresta hacia la cima del Everest, pese a que estaba tan cerca. Cuando los sherpas llegaron con las máscaras de oxígeno sobre la boca y los tanques sobre su espalda, el único movimiento que había en la zona era el golpeteo por el viento de los bolsillos de la chamarra del hombre muerto.

La cara y las manos expuestas se habían encogido y ennegrecido después de más de un año de estar expuestas a los elementos tan imperdonables de la naturaleza. Su traje, de color amarillo chillante, ahora era del tono de una hoja caída en otoño. La suela de sus botas daba hacia la cima. Sus brazos congelados estaban doblados en el codo, encimados sobre su cabeza y con dirección cuesta abajo. Era casi como si el hombre se hubiera sentado para descansar antes de caer hacia atrás y quedarse congelado así.

Los sherpas picaron alrededor del cuerpo y, con palabras casi indistinguibles y señas, discutieron cómo era mejor sacarlo de la montaña. Esa cara como de fantasma, con sus dientes blancos expuestos, los asustaba; prefirieron cubrir la cabeza del cadáver con la gorra de la chamarra.

No había tiempo que perder. A esa altitud le dicen la “zona muerta” por algo. Los sherpas sabían por experiencia lo difícil que es escalar la montaña más alta del mundo. Quizá lo único más complicado es cargar el cuerpo de alguien que murió de regreso hacia abajo.

El hombre se llamaba Goutam Ghosh y la última vez que fue visto con vida fue el 21 de mayo de 2016, aunque era obvio que se volvería otro número en la cifra de fallecidos; pronto se congelaría y terminaría tan inanimado como las piedras que lo rodeaban.

Ghosh era un oficial de policía de 50 años de Calcuta y parte de una expedición condenada a la fatalidad de ocho personas –cuatro alpinistas del estado indio de Bengala Occidental y cuatro guías sherpade Nepal– que se quedaron sin tiempo y sin oxígeno en la cima del Everest. Los guías terminaron por abandonar a los cuatro alpinistas a su suerte. Tres murieron y solo una mujer de 42 años llamada Sunita Hazra sobrevivió

La máxima conquista

Para los cuatro alpinistas indios, provenientes de una cultura que impulsa el alpinismo en Bengala Occidental, la montaña era la máxima conquista, algo que buscas tachar de la lista de cosas por hacer antes de morir, que les daría satisfacción personal y prestigio.

Ascender el Everest es difícil de costear. Algunos gastan hasta 100.000 dólares para tener acceso a los mejores guías, servicio y seguridad.

Los cuatro tenían sueldos mensuales de, máximo, unos cientos de dólares. Para cumplir con su sueño pidieron prestado dinero y vendieron posesiones preciadas.

Ghosh compartía un departamento con ocho miembros de su familia extendida. Paresh Nath, de 58 años, era un sastre manco que apenas y podía sobrevivir junto con su esposa e hijo. Subhas Paul, de 44, conducía un camión de entregas y usó parte del dinero de jubilación de su padre para intentar escalar el Everest. Hazra era una enfermera casada y que tenía un hijo.

Alrededor de cinco mil personas han alcanzado la cima del Everest, a ‎8848 metros de altitud, por lo menos una vez desde que Tenzing Norgay y Edmund Hillary lo hicieron por primera vez en 1953. Y alrededor de trescientas personas han muerto en la montaña desde ese año, según Himalayan Database.

Los funcionarios nepalíes estiman que aún hay unos doscientos cadáveres esparcidos por el Everest.

La mayoría no está a la vista. Algunos han sido movidos o tirados por los peñascos o hacia recovecos, a pedido de familias molestas de que sus seres queridos fueran usados como puntos de referencia para otros o a solicitud de funcionarios de Nepal preocupados por el hecho de que ver los cadáveres desincentive el turismo.

Sin embargo, cada vez es más frecuente que las familias y amigos de quienes mueren en el Everest y las otras grandes montañas del mundoanhelen recuperar los cuerpos. Eso puede llegar a ser más peligroso y costoso que la expedición que desembocó en la muerte del alpinista.

Hay cuestiones prácticas, como buscar activamente los cuerpos de quienes se cree que murieron o están desaparecidos, si es que eso siquiera es factible; y si recuperarlo o dejarlo descansar por la eternidad donde se encuentra. Hay cuestiones emocionales, quizá culturales o religiosas, para poder cerrar con el duelo. Hay problemas logísticos, como el peligro y el costo, las costumbres locales y las leyes internacionales. En ocasiones, en algunos lugares, no solo se desea recuperar los cuerpos, sino que se requiere hacerlo para comprobar la causa de muerte con el fin de que los deudos que necesitan la ayuda financiera tengan acceso a servicios o beneficios.

Todo esto debió tomarse en consideración después de que los cadáveres de los tres hombres de India terminaron esparcidos por el Everest en el 2016. Las esperanzas tenues de que hubiera un rescate se convirtieron en demandas para recuperar los cuerpos, impulsados por el gobierno de Bengala Occidental.

Durante el plazo de unos días, en el corto periodo entre el último de los intentos de ascenso de la temporada pasada y el comienzo de la temporada de monzones que afecta a los Himalayas e imposibilita la subida a la montaña hasta el año siguiente, un equipo de recuperación de seis sherpas contratados intentó encontrar a los fallecidos para llevarlos de regreso abajo. No tenían ni el tiempo ni las personas requeridas.Continue reading the main storyFoto

La mayoría no está a la vista. Algunos han sido movidos o tirados por los peñascos o hacia recovecos, a pedido de familias molestas de que sus seres queridos fueran usados como puntos de referencia para otros o a solicitud de funcionarios de Nepal preocupados por el hecho de que ver los cadáveres desincentive el turismo.

Sin embargo, cada vez es más frecuente que las familias y amigos de quienes mueren en el Everest y las otras grandes montañas del mundoanhelen recuperar los cuerpos. Eso puede llegar a ser más peligroso y costoso que la expedición que desembocó en la muerte del alpinista.

Hay cuestiones prácticas, como buscar activamente los cuerpos de quienes se cree que murieron o están desaparecidos, si es que eso siquiera es factible; y si recuperarlo o dejarlo descansar por la eternidad donde se encuentra. Hay cuestiones emocionales, quizá culturales o religiosas, para poder cerrar con el duelo. Hay problemas logísticos, como el peligro y el costo, las costumbres locales y las leyes internacionales. En ocasiones, en algunos lugares, no solo se desea recuperar los cuerpos, sino que se requiere hacerlo para comprobar la causa de muerte con el fin de que los deudos que necesitan la ayuda financiera tengan acceso a servicios o beneficios.

Todo esto debió tomarse en consideración después de que los cadáveres de los tres hombres de India terminaron esparcidos por el Everest en el 2016. Las esperanzas tenues de que hubiera un rescate se convirtieron en demandas para recuperar los cuerpos, impulsados por el gobierno de Bengala Occidental. Durante el plazo de unos días, en el corto periodo entre el último de los intentos de ascenso de la temporada pasada y el comienzo de la temporada de monzones que afecta a los Himalayas e imposibilita la subida a la montaña hasta el año siguiente, un equipo de recuperación de seis sherpas contratados intentó encontrar a los fallecidos para llevarlos de regreso abajo. No tenían ni el tiempo ni las personas requeridas.